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Violeta Capasso: Lo que queda después

Violeta Capasso es más que fotógrafa. Violeta es artista de internet. En ese espacio etéreo vuelca su obra, hace amigos, exprime herramientas, habla de sí misma sin hablar de sí misma y vuela. 

A fines del 2020 -sí, es de la que siguió activa en pandemia-, presentó Lo que queda después, su primer libro de fotos. En este libro objeto narra a través de las imágenes la historia de una adolescente que parece representar a una generación. 

El libro se divide en dos partes. Parte uno: la inocencia, los colores, la búsqueda, la intensidad. En el medio hay un crush que es una situación de abuso que activa la transición. Parte dos: depresión, oscuridad, preguntas sin respuestas y oraciones inconclusas. Todo narrado con intensidad y un tono intimista. 

Pero no hay solo incentivos visuales y emotivos. La textura de la tapa es una sorpresa al tacto que genera la sensación de que nada está librado al azar. 

Hablamos con ella para meternos dentro del proceso creativo de esta obra que dialoga perfectamente con los tiempos que corren. 

***

Tu libro Lo que queda después es una recopilación de fotos que tenías desde el 2009 al 2019, ¿en qué momento te diste cuenta de que tenías un libro más allá de un montón de obras chicas?

Me di cuenta de que tenía un proyecto, más que un libro, cuando realicé un taller de narrativa visual. Estábamos en un grupo tratando cada une de encontrar una historia para contar. 

Siempre pensé que quería contar la historia de otras personas, ir a buscar una historia sobre una comunidad o sobre alguien al que le hubiesen pasado ciertas cosas. A mí me interesan un montón de temáticas que tienen que ver con comunidades en territorios muy particulares o personas que están transicionando, por ejemplo. Pero no me sentía del todo cómoda hablando de otres cuando había mucho trabajo sobre mí y cuando siempre usé la fotografía de un modo muy autobiográfico, desde lo que a mí me pasa. Entonces, intenté trabajar sobre otras comunidades, y había algo que se perdía en el medio, como algo que no llegaba a ser del todo íntimo y  permanecía una mirada muy de afuera. 

Me empecé a frustrar un poco en ese taller y empecé a probar llevando fotos que fuesen mías y ver qué era lo que podía contar. En un momento fue como que la historia estaba más reducida a una sensación de depresión que estaba atravesando. Después se empezó a abrir eso como si fuese la búsqueda del por qué de esa depresión, cómo se había ido gestando. Al buscar ese atrás y ese después, empezó a aparecer el libro que es antes de esa depresión que sería antes en mi adolescencia y el después un poco más en la adultez. Así se gestó el proyecto en sí. Después, el libro fue otra instancia.

¿Cómo sentiste esto de empezar a trabajar con algo que era tan tuyo? ¿Cómo manejaste este tema de la exposición a través de tu trabajo? ¿También fue parte del proceso decir “bueno, me muestro más”?

Ya venía subiendo en Internet mis fotos con textos que escribía y tenía una buena recepción. Pero en mi vida personal, fuera de las redes sociales, había un impacto bastante notorio. Mis amigues, con quienes quizás nunca había hablado de ciertas cosas, de repente me leían en Internet siendo híper mega cruda. Nunca dejé de hacerlo y nunca me arrepentí de hacerlo, pero sí tuvo un impacto en cómo me perciben. 

El proceso fue re difícil, no tanto por la exposición porque creo que más o menos todes nos exponemos un montón en redes de una forma o de otra. Por ejemplo, a mí me da menos vergüenza subir una foto con un texto mío que subir una foto de mi pareja o con mi pareja como hace un montón de gente. A mí eso me da más vergüenza porque siento que eso es más íntimo que lo que yo creo como íntimo, que es una ficción de mi intimidad. No sale directo al mundo, yo lo pienso, lo laburo, lo elaboro, tiene un detrás. Creo que lo más difícil de exponerme fue conmigo misma. O sea, sincerarme y encontrar qué es para mí lo importante, lo que me mueve y lo que quiero decir, cómo lo quiero decir. 

También hay partes del libro que son muy personales sobre hechos un poco traumáticos, que me llevaron también a ir a terapia con mis fotos, hablar con mi psicóloga y decirle “mirá tengo ésta foto para hablar de tal cosa que me pasó, ¿cómo lo puedo decir? ¿de qué forma lo puedo abrir sin lastimarme?”. Porque también hay algo de eso, si uno abre demasiado y se expone antes de tiempo se lastima, porque quedas demasiado vulnerable hacia el afuera. 

¿Cómo fuiste eligiendo qué fotos quedaban y cuáles no? 

Eso lo realicé también en taller con acompañantes fotográficos. Había mucho material, creo que eran 400 rollos, más o menos, en total de todos esos años. 

Lo primero que hice fue contratar a alguien para que ordene mis negativos. Tenía todos los rollos tirados en cualquier lado, metidos en cajas sin guardar. Me cuesta ordenar mi propio archivo. Entonces, le pagué a alguien para que lo hiciera. Luego escaneamos todo el material. Hubo un proceso de mucha inversión de plata, de volver a escanear cada negativo para poder tenerlos en buena calidad. 

Después hubo un proceso de edición muy largo en el que tenía que dividir las fotos en lo que consideraba retratos míos de otras cosas, como verme reflejada en otras situaciones. Eso lo llamé “autorretrato sin mí”, hay fotos que creo que soy un poco yo pero no estoy yo. Después había una carpeta que se llamaba “tipos” que eran personas con las que había salido, tenía fotos de ellos y pensaba que podían entrar, después no entraron o capaz entró un detalle de su casa o algo así pero no hay retratos en el libro, no hay primeros planos de personas. Así fui catalogando todo lo que tenía hasta que encontré una forma de armar esa narrativa que buscaba en el taller al principio en la cual hubiese un movimiento, como un traspaso de emociones. 

En el libro, lo que logramos finalmente junto con mi diseñador fue poder hablar de una adolescencia más fresca, más inocente, con más juego, una aventura más light. 

Después hay un momento de quiebre que es cuando pasa algo en mi vida que rompe un poco con todo eso. Lo que sucede es una situación de abuso a los 16 años. Y el libro sigue con lo que queda después, que es el juego con el nombre. Es después de ese momento donde baja todo y todo se pone más dark. 

El proceso de elegir las fotos tuvo que ver con eso y también tuvo que ver con qué fotos rescataba del pasado y qué fotos preservaba del ahora, porque no todas mis fotos de ahora son buenas y no todas mis fotos de cuando tenía 15 son tan malas. Se trató de armar una especie de universo en el que se pueda ver mi mirada tanto a los 15 como a los 25. No fue nada fácil y llevó bastante tiempo. El proyecto arrancó en 2018 y el libro salió en 2020. Fueron dos años de estar buscando ese desarrollo final. 

¿Sentís que la pandemia te ayudó a estar con más tiempo como para poder bajar el proyecto y darle más tiempo?

Sí, 100%, el libro terminó de gestarse en pandemia. Yo estaba re manija porque pensaba que el 2020 era mi año de sacar el libro y pensé que iba a ser con otras condiciones. Pensé que no iba a ser autopublicado. En su momento había intención de dos editoriales pero con la pandemia los fondos de plata fueron para otras cosas y toda esa plata que estaba para apoyar un proyecto independiente se fue a sostener los espacios o dar becas para artistas que necesitaban la plata para vivir. 

Arranqué a ponerme un poco ansiosa y a decir que tenía que hacerse. Así que desde mayo del 2020 que comencé a tener reuniones con el diseñador y empezamos a proyectar el orden de las fotos, nos mandamos no sé cuántos cientos de mails, muchas llamadas, también muchos encuentros con mucha distancia. Era re loco porque estaba haciendo algo re íntimo y súper doloroso y no podíamos ni siquiera saludarnos en ese momento con el diseñador. Yo estaba como para que me abracen y me digan “todo va a estar bien”, eso nunca pasó. Además, para mí el proceso artístico tiene una gran parte de dolor. No fue tanto el tiempo libre, fue más la posibilidad de frenar y no tener tantos proyectos al mismo tiempo, de poder dedicarle el tiempo requerido a esto que era bastante de investigación, bastante de prueba, bastante de intentos. 

El libro también se imprimió en la pandemia, todo estaba un poco más abierto pero igual seguía la distancia y las visitas a la fábrica de la imprenta súper embarbijados y con el menor contacto posible. A mí me hubiese gustado ir todos los días a la imprenta pero no era posible por una cuestión de seguridad. Entonces, fue con otras distancias y con otros tiempos, pero ayudó definitivamente a que sucediera porque quizás si hubiese sido un año normal estaría corriendo por toda la ciudad como siempre.

Tenes varias frases, extractos, mini poemas a lo largo del libro que son muy hermosos, ¿los trabajaste también en este taller de narrativa? ¿Siempre pensaste incluirlos con las fotos o fueron apareciendo durante el proceso?

Siempre me gustó mucho la escritura pero nunca consideré que pudieran unirse la foto y el texto. Venía de la escuela de la idea de que la fotografía no puede ir acompañada por texto porque es como que el texto explica la foto o que se condiciona mucho entre sí. Hay una creencia bastante fuerte sobre eso y yo venía de pensar que no iba a ser posible unirlo. 

Al principio arranqué con muchísimo texto, que no lo trabajé en taller pero si los llevaba. Tardaba quince minutos en leerlos, ahí me di cuenta que eso no iba a funcionar. Había pensado en formas de aplicarlo en una muestra interactiva en la cual hubiesen auriculares que uno pueda ponerse y escuchar mi voz leyendo extractos de texto. Eso no sucedió y cuando llegó la idea del libro y yo tenía el texto que en su principio era eso, media hora leyendo extractos muy largos e innecesarios. Lo terminé reduciendo como si dijera diez renglones nada más, como si fuera un poema largo de diez renglones. Así que cuando pude hacer eso, lo llevé junto con las fotos al diseñador y empezamos a ver de qué forma podría incluirse. 

Vimos muchos ejemplos de libros orientales en los cuales se incluye el texto de forma súper mínima. Los unimos de esa forma. También trabajé con Natalia Romero, una poeta argentina. Junto con ella los fuimos achicando, dejándoles lo justo y necesario para que no sea una lectura en la cual uno abre el libro y va guiándose por los textos, sino que fuese un fluir más grande de ver la foto, hay un texto al lado, lo leo, miro la foto, paso de hoja. Nunca hubo algo claro de cómo iba a ser el proyecto sino que todo se fue acomodando con el tiempo.

¿Cómo sentiste que fue la recepción en el momento de presentarlo? ¿Qué es lo que más te gustó del momento de haberlo presentado, donde ya no es solamente tu obra sino que se expande?

Eso fue re difícil porque lancé la pre venta en noviembre de 2020, y yo nunca había hecho una preventa de nada. Tengo buena onda en las redes de parte de la gente que me sigue y siempre recibí muchísimo cariño con todo lo que anuncié que iba a hacer o hice o compartí. Pero no esperaba lo que pasó que fue que se agotó la preventa a los cuatro o cinco días de haberla. La plata que costó y que salió de ahí, es plata mía, cambié plata de lugares y tenía un ahorro que era para el foto libro ya hace un par de años. Me faltaba plata para terminar de pagarle a la imprenta, era muchísima plata y me faltaba. La pre venta no era una forma de asegurar que vendí libros, sino que tenía que pagar a los proveedores. Me ponía nerviosa no llegar a pagar. Yo soy muy insegura en todo lo que hago. Estaba como loca pensando en sacar un préstamo y hacer todo en esa forma más bancarizada porque al ser autopublicado es un gran capricho personal, no hay una bajada de alguien que esté ayudando. Así que cuando saqué la pre venta y se agotó no caí hasta dos meses después. Hice una tirada de quinientos libros y vendí trescientos cincuenta en dos o tres meses y es una locura, es un montón de ejemplares.

Estuve en todas las etapas de trabajo. Me hice una cuenta en Fedex, iba al correo, tuve asistentes de envío como mi mejor amigo y mi mamá que iban a llevar libros a lugares, no hubo algo grandísimo y armado. Entonces, haber vendido esa cantidad de libros en días como hoy siento que es poco porque hoy estoy insegura. Pero en días en los que soy capaz de contemplar la gran foto me pone muy orgullosa. La verdad es que no lo esperaba porque es una historia muy personal, porque es un libro muy personal y sobre todo, también, porque es un libro de fotografía, no es barato publicar fotografía y tampoco es barato venderlo. Entonces, sabes que cada persona que lo compró realmente confió en el producto. Eso me parece re loco  y es algo que no termino de caer. 

Uno siempre se compara con personas de la foto del arte del primer mundo y cuando te das cuenta que estamos en Latinoamérica y tres mil pesos de un libro es lo que quizás alguien paga de expensas o un turno médico, es tremendo. Pero, la recepción fue bárbara y el cariño que tuve a partir del libro fue increíble. Me cayó la ficha después de dos meses más o menos, que fue un día que estaba acá y me puse a llorar, no entendía por qué y de repente “ah, para, yo saqué un libro, ¿qué carajo pasó?”

No solo un libro, sino un libro de fotos. 

Sí, aparte autopublicado y autobiográfico. Porque hay cosas en las que les va bien porque son temáticas del momento, como que hay momentos en los que hay que hablar de tal cosa y sale bien hacer eso. Yo no sé si mi libro tiene esa combinación. Hay algo de autobiográfico, hay algo de feminismo, hay algo de género que se mezcla con algo de interés común, o sea no es una fórmula perfecta. Además, yo tengo 26 años, y siento que tengo una presión muy grande encima mío constantemente porque soy así, pero igual sigo siendo una persona súper joven y teniendo algo que cuesta un montón hacer y mucho más solo y salió bien. Debería dejar de quejarme por lo menos tres años.

Lo que más me llamó la atención del libro es que tiene formato de diario íntimo, que después cuando lo veo cumple con eso. Y tiene una textura, como de terciopelo. Sentí que no había solamente una experiencia visual, había tacto y también había oído porque en el momento que uno lee es como que evoca una voz dentro de su cabeza. Quiero saber cómo le diste forma al libro mientras lo ibas armando. 

El tema de la tapa fue un capricho que se dio desde el primer momento. Me importa mucho la materialidad de las cosas, me importan las tapas de los libros en general y el tacto con los objetos que uno tiene. La tapa del libro es del felpina que es una especie de terciopelo. Pero acá en Argentina ese material se usa solamente para cajas de bombones y para cajas de zapatos de la marca Mishka. Yo tenía ese material en la mente. 

Hace cuatro años había comprado un libro de Petra Collins que tiene una tapa similar pero es un libro enorme y es una retrospectiva de su trabajo. Era muy grande y no era tan íntimo pero tenía esa tapa que me gustaba mucho. Tenía algo en contra que era que se llenaba de pelo, pelusa o lo que sea, pero me gustaba mucho ese material. Buscando libros y comprando libros de fotos, pasé por varios momentos en los cuales pensé que mi libro tenía que ser tapa entelada, por ejemplo, tela blanca, tela rosa. En un momento pensé en una especie de cuero no animal. Cuando empecé el proceso de la imprenta yo estaba trabajando con una encuadernadora artesanal. Cuando vimos que del libro iban a salir quinientos ejemplares nos dimos cuenta que era imposible que una persona hiciera todo eso sola en un taller casero. Ahí pasamos todo a la imprenta en la que lo realicé. Ellos estaban como “¿por qué mierda querés hacer esta tapa así con este material que jamás se hizo para un libro?” y si bien había mucha buena onda y ganas que el proyecto sucediera como yo lo quisiera, también de parte de ellos estaban como…

Cada vez que iba a una reunión me mostraban pruebas de tapa entelada, yo no quería eso, quería ir con este. Así que compraron el papel, hicieron muchas pruebas para ver cómo se adaptaba a las tapas y cuando estaba ok había que decidir si quería eso o tapa entelada. 

Me pregunté qué estaba haciendo decidiendo eso sobre quinientos ejemplares, pero lo elegí y salió todo bien. Fue una decisión importante para mí que la tapa fuese impresa directamente sobre el papel y no fuese pegado. Fue importante para mí hacer todo el proceso. 

Surgieron muchas ayudas de otras personas que me aconsejaban. Por ejemplo, el diseñador fue el que eligió el papel de adentro, él tiene una editorial, imprime y me dijo que ese papel está bueno, nos juntamos, probamos tres papeles que los toqué y el que dije “este” fue ese. O sea, hay cosas que se fueron dando grupalmente. También con lo que tenemos acá porque aparte en plena pandemia papel importado iba a ser re difícil conseguir y tampoco yo tenía los fondos para hacer eso. Entonces, sí, el papel más lindo importado pero el más barato, un poco de realidad siempre. 

Todo lo que tuvo que ver con el tamaño, la tapa, el formato, todo se fue dando a partir de una gran carpeta que yo tenía en mi computadora que se llamaba “deseos”.  Esa carpeta “deseos” tenías desde hace un año referencias de otros libros, de interiores, de todo, había un montón de cosas. Me acuerdo que me gustaba un libro de una chabona que tenía una foto, al lado una hoja rosa en la cual había puntitos, como ese juego de unir los puntos, era como un juego interactivo. A mí eso me re gustaba, pero no por los puntitos, sino porque ahí vi que podía ponerse una hoja al lado que no fuese blanca y que fuese rosa y armaba otro lenguaje que cada tanto haya una hoja rosa. O sea, todo es una búsqueda grande de lo que a mí me representaba, pero teniendo en cuenta el panorama actual de foto libros que hay alrededor, que sin eso hubiera sido también imposible hacer algo porque todas las personas que estuvieron antes te van tirando data y te van acompañando y vas viendo qué de sus experiencias resuena con la tuya. Todo eso llevado a una experiencia argentina en pandemia, que no reduce pero en momentos era “Viole, ¿podés venir al taller para ver si está bien este rosa para el interior?” y yo, “no puedo ir, imposible, dale, mandale”, o sea hay cosas que se perdieron en el medio pero que igual siempre terminaron llegando a buen puerto y si no llegaron a buen puerto me tuve que adaptar.

Sí, también fuiste confiando en la gente que ibas eligiendo a medida de que ibas haciendo, que también era parte de la búsqueda como todo esto de tu construcción y de esa carpeta de “deseos”.

Si, la carpeta de “deseos” es el mood work que usan un montón de personas en el arte pero de una forma menos expectante. O sea, yo lo tenía ahí por si salía, por si sucedía en algún momento. Nunca tuve un PDF de cómo quería que sea, sí había algunos intentos y pruebas pero después fue hablar con el diseñador y decirle “esto es sobre un trabajo sobre esto que me pasó a mí, cómo podemos armar un ritmo en el cual las fotos tengan tamaños que se acerquen y se alejen, que genere espacios, que genere silencios también”. Él, Mateo, lo pudo interpretar perfectamente. Sin ellos no hubiera sido posible o hubiese sido otra cosa. Con ellos tengo un agradecimiento muy fuerte de haber estado en el proceso de todo el libro.

Me parece interesante como fue el proceso creativo y también cómo llegaste a construir este Frankenstein con las cosas que vos querías y que haya quedado algo tan hermoso. 

Es una buena palabra la de Frankenstein porque hay una fotógrafa argentina que se llama Lola Fernández que cuando da su taller habla mucho del Frankenstein respecto que un trabajo de fotos no es solamente las fotos y listo, sino que es un gran cuerpo de todas las cosas que viviste, que te influenciaron, que te mueven, que te conmueven, que no te gustan, que sí te gustan, todo eso está pegado y luego queda la parte de ponerlo a andar a ese monstruo que en este caso fue el libro. Si no, no sé si se hubiese prendido, quizás estuviese todo ahí guardado pero no se hubiese empezado a mover. Así que es una buena forma de abrir y abarcar el proyecto. 

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