Un Chelsea
hotel para el fin del mundo

Queremos cantarle al amor al peligro. Lanzar un proyecto propio en pleno incendio es un acto cercano al suicidio y eso nos motiva. También es un acto de rebeldía y tozudez. Es hacerle caso al instinto porque no nos sirve estar quietas y mirar la vida pasar.

Queremos hacerle caso al instinto que nos pide hacer ruido entre la maraña complaciente y muda. Queremos tocar la obra ajena, ensuciarnos las manos, revolver la olla de la confusión y documentar a un sinfín de artistas.

Pavese escribió en El oficio de vivir que mientras tengamos pasiones no dejaremos de descubrir el mundo y en Chelsea Hotel queremos descubrirlo todo. 

Y todo está pasando aquí y ahora, como dice Gustavo, no queremos ser personas tango, como dice Daniel. Queremos celebrar a los clásicos, usar las cenizas nunca aspiradas por Keith y hacer fiesta con cada obra dada a luz en este momento de caos. El genocidio de lo cotidiano no nos va a tocar.

No podemos venderles un folletín de esperanza y confianza en el arte, no. Vinimos a documentar cómo el mundo se cae a pedazos, queremos mostrar cómo se prende fuego. No nos interesan las buenas nuevas, ni las noticias inmediatas, buscamos intensidad y alentar a la constante exploración.

En Chelsea Hotel nos enojamos con los ídolos, nos reconciliamos con los que se repiten y amamos a los que hacen. En Chelsea Hotel queremos que entren y salgan artistas, queremos que pase un lector y salga un fan. Un gran filósofo contemporáneo nos dijo que la entrada es gratis, la salida vemos. Creemos en eso.

El arte es hacerse cargo del dolor y la alegría de una época y nosotras vamos a hacer una fiesta a la que todos pueden venir a las 3 de la mañana o a la 1 del mediodía. Queremos que se queden a vivir en las habitaciones de una idea y declararse en contra del olvido. La libertad es nuestra vedette, es responsabilidad y es infinita.

No tenemos miedo a encarar el recuerdo del futuro,

bienvenidos a Chelsea Hotel Mag.