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Ver o no ver: Poco ortodoxa

Por: Julia Bonetto (@julia.bonetto) 

Advertencia: La siguiente critica tiene algunos spoilers.

Netflix lanzó la miniserie Poco Ortodoxa o Unorthodox dirigida por María Schrader. Se trata de la adaptación del libro autobiográfico de Deborah Feldman, que cuenta la historia de una chica de 19 años nacida y criada en la comunidad jasídica Satmar en Williamsburg, Brooklyn -donde sus tareas como mujer solo se centran en la reproducción social y los quehaceres domésticos-, y que al año de casarse huye hacia Berlín porque la ultraortodoxia le pesa en el cuerpo: está embarazada, no soporta más ni sabbat ni a su tía imperativa ni a su suegra metida ni a su marido ingenuo. 

Los cuatro capítulos están escritos por Anna Winger y Alexa Karolinski, quienes en el Detrás de cámaras cuentan cómo fue escribir la serie y profundizan sobre la producción del vestuario, las locaciones, el elenco. También, el bonus track deja ver que todas las cabezas de equipo, menos el director de fotografía, son mujeres. Punto a favor para Unorthodox. 

Unorthodox es una serie de personaje, es decir, al guión lo comanda la protagonista. La fabulosa Shira Haas representa a la compleja Esty, Esther Schapiro, y la serie -en términos estructurales, aristotélicos- es sólida. A medida que avanzan las escenas la pregunta que se hace Esty es: ¿qué quiero? ¿Cantar y ser libre y/o buscar un sentido de pertenencia? Se abre el deseo, el espacio para la palabra, para su voz. Ser, cuerpo, memoria, sentido de la vida se encarnar en Esty apenas huye a Berlín y es lo que nos conmueve e identifica con ella. Por eso pega tanto. Al día siguiente de ver Unorthodox llamé a una amiga y hablé una hora sobre lo que habíamos visto las dos en este contexto de aislamiento. Ella, socióloga, me dijo: “Esty es capaz de representarnos con sus gestos, con su valentía y también con su búsqueda. La escena en que se mete al lago en Berlín, donde de a poquito se saca la peluca y se zambulle en el agua. Corte y plano cenital de ella haciendo la plancha en la inmensidad del lago”. La escuché y pensé, ¿acaso esa no es una imagen, un signo de la búsqueda? Los primeros planos de su cara, de su mirada, medio a lo Bergman pero con un ritmo vertiginoso en el montaje, nos acercan a lo que observa Esty, lo que siente, lo que anticipa a cada acción. Esos planos nos dan una certeza ante tanta incertidumbre porque la mirada del otro dice lo mismo que la nuestra. Con esto quiero decir que la serie trasciende la diversidad religiosa, económica, geográfica y social que propone sin ser pedagógica, porque las guionistas y la directora eligen decirnos e incluirnos como espectadores en algo universal a través del personaje de Esty: que a la libertad te la pueden quitar pero nunca dar, que es un movimiento de desencadenamiento. Es una libertad que se descubre conforme avanzamos en la profundidad del lago. 

Entonces, la historia funciona. Tanto en presente como en el pasado, en esos flashbacks a Williamsburg, se ponen en juego dos mundos en dos tiempos y la oposición entre esos mundos: el íntimo (amor, deseo, riesgo) y el mundo social (ser madre, buena esposa y poner su cuerpo para la reproducción al interior de la comunidad. Una olla a presión). En este sentido, la representación se desarrolla no sólo en términos de imagen y sonido, sino también en términos de lenguaje. En Unorthodox se habla en yidis, alemán e inglés. Es una serie políglota que -aunque no elogie a la elipsis- apuesta a la alegoría (inevitable en el mundo audiovisual) y eso logra atraernos. Sin embargo, ojo, creo que lo logra porque la serie es corta, sintética, de lo contrario esa sobredosis de alegoría cansaría al espectador. 

Cuando terminé de verla pensé que algunas tramas de la historia aparecen subrepticiamente y no se terminan de dilucidar (En una segunda temporada, ¿quizás?). Por ejemplo, el grupito de amigos berlinés contiene personajes que no despliegan su riqueza y solo acompañan a Esty colaborando en la exageración de una estética de la resiliencia. O el caso de Moishe, el primo matón, estratega, que no sabemos muy bien qué le pasó porque ni él ni el rabino lo cuentan. La supervivencia de Esty: en la biblioteca del conservatorio googlea cómo hacer plata en Berlín, luego, la escena siguiente nos hace pensar que se va a prostituir -¿no será mucho, Esty?- pero no, queda el cabo suelto y después aparece la madre para resolver la solvencia económica. La «occidentalización» del deseo sexual, lo erótico en Esty, también es un punto frágil. La figura de la sexóloga que le mide la ansiedad con un aparatito (¡WTF!). Sin embargo, creo que el punto más débil de la serie es la mención al Holocausto. Una alusión superficial al acontecimiento de la Shoah, como de último momento, que me llevó a pensar sobre lo que dice Jean Luc Nancy: la representación del Holocausto es una representación prohibida, está suspendida delante de eso que es distinto a la presencia. Los cuerpos exterminados no están, entonces, ¿cómo filmar esa ausencia o cómo exponer esa invisibilidad? Unorthodox menciona la ausencia de esos cuerpos, pero no profundiza, se queda a mitad de camino ahí. Quizá en la ficción existan otras posibilidades de mencionar el acontecimiento de la Shoah sin caer en los lugares comunes, aquellos donde vemos a la juventud de Berlín refugiarse -en sus prácticas características como andar en bici, ir al lago, bailar en una fiesta- sin preguntarse demasiado por lo que sucedió en el pasado. 

En la soledad de Esty, en la apuesta por errar, en las contingencias del azar, hay algo que deslumbra y nos fascina como espectadores. Más que un grito, la búsqueda que subyace en la narración de Unorthodox nos susurra que el deseo es un lugar de movimiento, un exilio del mundo que coquetea con la muerte y con la alegría para arriesgarse a habitar otros mundos. 

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