«Una nube viene» de Manuel Álvarez

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Digámosle ahora Fuenzalida, Jorge Fuenzalida. Hijo de Gregorio Fuensalida, con s, un español oriundo de Toledo que, a mediados de 1904, a sus veinticinco años, viajó a Chile a través de un buque de la compañía transatlántica española desembarcando en el puerto de Valparaíso cuando Jorge tenía tan solo tres años. En el registro, por error, los anotaron como Fuenzalida, con z, y así quedarían en América. Esos Fuenzalida. 

Es el 22 de enero de 1939 y Fuenzalida, Jorge Fuenzalida, con la z ya asentada, es el médico principal de la ciudad de Chillán, un médico respetado y consultado por todos, de buen porte, afeitado al ras, siempre pulcro, con su delantal blanco reluciente y sus zapatos pulidos, brillantes. Deambula por los pasillos del hospital San Juan de Dios, uno de los más antiguos de Chile, un extenso complejo de una planta con una capilla en la mitad que divide al hospital en dos partes iguales, simétricas, y tiene, detrás de la capilla, en el centro, un patio largo y rectangular rodeado de corredores techados a ambos lados que conecta a las dos partes del complejo. Visto desde afuera, el edificio, de estilo jesuita, resalta por su fachada alta, de más de diez metros, en el medio y, a sus costados, los techos de tejas de sus brazos laterales; a metros de la entrada, una reja de hierro negra separa al hospital de la vereda. Deambula entonces por su hospital un domingo, algo que hacía solo en ocasiones especiales, como la operación de urgencia que había llevado a cabo minutos antes en el quirófano principal. Deambula hasta que ve en uno de los relojes grandes de pared que son pasadas las siete de la tarde y se queda quieto. Mira la aguja moverse despacio, imperceptible, para bajar la adrenalina por la operación. Atraviesa con la mirada el tiempo y piensa en el suyo, se tantea el delantal, el pantalón debajo, y se da cuenta de que su reloj de bolsillo plateado, regalo de Inesita, está guardado bajo llave en un cajón del escritorio de su despacho a metros del patio central. Sacude la cabeza y se dirige hacia ahí apurado, pensando ya no en la hernia inguinal que controló, porque siempre controla lo que depende de sus manos, sino en otra cosa, algo intangible, que se le va de las manos. 

Dios lo bendiga, doctor, le había dicho Araya, el abogado, sujetándole el brazo segundos antes de que la anestesia hiciera efecto. Araya, como todo miembro con poder de la sociedad de Chillán, tenía a Fuenzalida como el médico más prestigioso de la ciudad. Sus manos, decía, eran sanadoras. Fuenzalida era para él, para la gran mayoría, en realidad, la  reencarnación del fray Manuel Chaparro, un médico sobresaliente que, según la leyenda, más de cien años atrás, en los orígenes del hospital de Santiago, tenía poderes curativos. Fuenzalida no creía en esas cosas, si bien era un hombre de fe, también era un estudioso de su ciencia y sabía que los médicos no tenían poderes, sino saberes.

Ya vestido de civil, con su saco azul, la corbata y el sombrero de fieltro algo inclinado a la derecha, busca el reloj dentro del cajón y cruza el patio principal. Fuenzalida jamás salía a la calle sin su reloj de bolsillo y su sombrero oscuro y con una cinta bordeando la copa, que era una extensión de su cabeza. Saliendo del patio escucha que lo llaman desde atrás. Herr Doktor, escucha, y gira. A metros de él, Otto, su mano derecha, un tipo alto, de tez pálida y con entradas profundas que dejaban ver su frente amplia y resaltaban su pelo ralo, revuelto y entrecano, levanta una planilla y la agita. Otto siempre saludaba o llamaba a Fuenzalida con el mismo latiguillo: Herr doctor, con la r tosca, extendida, como si estuviera carburando para salir, o mejor, como si fuera una rr; no lo podía evitar, la pronunciación era algo que venía adherido a su origen alemán. 

Al igual que el padre de Fuenzalida, Otto había huido de Europa, de su país, en un transatlántico para subsistir, pero en lugar de hacerlo por hambre, lo había hecho por seguridad, ya que a finales del ´34, con Hitler como Führer y el nazismo con la suma del poder, un científico, en su caso un químico, que no lo fuera, tenía no ya las horas, sino los minutos contados. Desde diciembre del ´34, para ser exactos, estaba en Chile, país que había elegido por su lejanía y porque había aprendido el idioma español de pequeño; y desde comienzos del ´35 estaba en Chillán, donde por un contacto familiar con el director del hospital consiguió trabajo, primero como asistente todoterreno y luego como anestesista. Fue ahí donde conoció a Fuenzalida y, ya al año de su ingreso, formaron un equipo inseparable y siempre requerido por los pacientes, que veían en ellos no solo la eficacia de los profesionales, sino también una calidez poco frecuente en los hospitales. Fuenzalida no podía operar si no tenía a su lado a Otto, que, además de manejar a la perfección el aparato de Ombrédanne durante las intervenciones quirúrgicas, cuidaba de los pacientes en la recuperación postoperatoria. En los tres años que llevaban trabajando juntos el número de muertes en el quirófano había disminuido drásticamente.

Su firma, dice Otto. Fuenzalida hace una u silenciosa, vuelve rápido sobre sus pasos y firma la planilla que le sostiene el alemán. Qué haría sin ti, Otto, dice, y lo palmea en el hombro. Una vez afuera del hospital, hace media cuadra en busca de su auto, un Ford modelo A ensamblado en el país que dejaba siempre cerca de la reja de entrada. Fuenzalida, un fanático de las máquinas, era de los afortunados con auto en la ciudad y lo cuidaba como lo que era: un lujo. Detrás de él, arriba, el cielo grisáceo, inestable, parece acrecentar la posibilidad de lluvia. Es otra tarde vaporosa, húmeda e inflexiblemente calurosa a superar. Chillán es, fue y será: humedad y superación.

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Encuentran Una nube viene en las librerías de todo el país.

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