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Panza de burro de Andrea Abreu

En Proyecto Florida, esa pequeña gran película de Sean Baker, se narra la vida puerca de Moone, una nena de seis años que vive como una adulta en el Magic Castle, un conglomerado venido a menos a la vuelta de la esquina del fantástico e imposible Magic Kingdom. Moone, la película lo muestra clarito, es una fuerza incontenible que no está dispuesta a ser infeliz, que da vuelta la realidad usándola a su favor, porque en la niñez uno es, o al menos se siente, omnipotente. Algo de eso hay en Isora, una de las protagonistas de Panza de burro, esa pequeña gran novela de Andrea Abreu, que se alimenta del mismo espíritu que la película: ternura e inocencia interrumpida.

La novela narra, de junio a septiembre, pleno verano, las peripecias de dos nenas preadolescentes que viven en los márgenes de Tenerife: la narradora misma e Isora, su amiga todopoderosa. Juntas se divierten en la isla, dan vueltas por el barrio, pasan tiempo en la venta, juegan con sus barbies, escuchan canciones del grupo Aventura y las anotan en una libretita porque creen que dicen las verdades de la vida, corren, saltan y se suben a las piedras como dos cabras. La analogía es intencional. En un momento, al principio, la narradora cuenta que su abuela decía que las cabras siempre van al peligro. Ahí está, como dos cabras.

En realidad, es Isora, como Moone en la película, la que hace lo que quiere, la que estira los límites. Y la narradora la sigue porque la seguiría a cualquier parte. Así es como las dos van probando todo, la narradora detrás de Isora, con su verba incontrolable, con sus shit que funcionan como el estribillo de la juventud; aunque Isora siempre va un paso más allá, siempre un fisquito namás, porque sabe que la vida es solo una vez y hay que probar un fisquito siempre que se pueda.

En Por las azoteas, un cuento genial del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, se habla del paso de la infancia a la adolescencia; el narrador, un chico de diez años, se refiere al “mundo de los bajos” para hablar del mundo adulto, obediente, un mundo al que el protagonista todavía no pertenece. En Panza de burro esto también se aborda, la narradora habla de la gente grande para referirse a ese mismo mundo adulto, al que se le pide permiso, al que Isora le quiebra la mano. Y un detalle: en ambos el fin del verano es el fin de la adolescencia. 

Narrada desde los ojos de la amiga (una narradora tendenciosa no por maldad, sino por exceso de inocencia) Isora parece superpoderosa, pero no deja de ser una nena atravesada por sus circunstancias. Esa vulnerabilidad se muestra muy bien en una gran escena en la que ambas llegan a los límites del barrio y se frenan porque Isora no se anima a salir de barrio, le da miedo seguir caminando, seguir creciendo.

Si bien en la novela, como pasa en la película, como pasa en el cuento, lo que se narra es durísimo (las nubes tiñen el barrio de gris), Abreu retrata la marginalidad esquivando la miseria, no hay golpe bajo, ni tampoco señalamiento, al revés, mira de frente a los personajes (a las chicas, pero también a doña Chela, la tía Chuchi, Juanita Banana, doña Carmen, todos) y, fundamental, no subraya, deja que el cielo y el mar se parezcan.

Algo que asombra es que Abreu escribe con la semántica de la isla pero sus palabras isleñas no obstruyen, al contrario, lo que se cuenta y cómo se cuenta es tan potente, tan fresco, que trasciende al lenguaje. Escribe como hablan, sí, pero no solo capta la oralidad de las islas, sino que su escritura exuda libertad (une palabras -desas cosas-, escribe “mal” –costrusión–, etc). Es como si desafiara al lenguaje o, mejor, inventara un lenguaje hecho de fallas. Escribe mal y suena bien, porque si hay algo que no deja de sorprender es la musicalidad de la novela.

Panza de burro es un libro que habla de la amistad más genuina (la que se contradice, la que se sufre) y del enamoramiento, porque está claro que la narradora está enamorada de su amiga; es decir, Isora tiene, como le sucede a los enamorados, un efecto encantatorio en ella. Tanto que cuando la amiga está triste la narradora sueña que quiere curarle la tristeza, la siente suya. Dice: “…mi tristeza era la de ella pero dentro de mi cuerpo, una tristeza como de imitación, dos tristezas duplicadas, la marca falsa de una tristeza”. Esas eran ellas: dos en una. Dos cabras que se tienen a sí mismas, que no aguantan estar separadas, dos cabras a las que nadie les enseñó a nadar.

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