Martín Kohan: «Ese fui yo, eso no soy yo»

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Martín Kohan es, cualquiera que lo lea lo sabe, un escritor prolífico. Escribió diez novelas (Segundos Afuera, Ciencias Morales, Bahía Blanca, por nombrar algunas), tres libros de cuentos y varios libros de ensayos. Pero Me acuerdo (Ediciones Godot), su último libro, es algo diferente. Es, en un sentido, un libro oulipiano, ¿por qué oulipiano? Bueno, porque es un libro delimitado por su técnica, por su fórmula.

Un libro que Kohan escribió a partir de dos autores: Joe Brainard y George Perec (famoso oulipiano), ambos escribieron, digámoslo para el que no lo sepa, sus respectivos Me acuerdo. ¿Cuál es la fórmula? Usar la memoria como si fuera un registro fotográfico, es decir, no zambullirse en la memoria para narrar, como haría Proust con su memoria involuntaria, sino simplemente registrarlos, fijarlos, y que el lector, a través de ese registro, sea el que recuerde. 

Así como a partir del libro del norteamericano surgió el del francés y después vino el del argentino (un tridente, ahora que lo pienso, como el de los Spurs), podemos creer que con el tiempo, como un recuerdo que lleva a otro, puede aparecer un nuevo libro así: digno de ser copiado.

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En el epígrafe de tu Me acuerdo está la cita de Perec sobre el Me acuerdo de Brainard, que es algo que tranquilamente podrías haber dicho vos sobre el de Perec. ¿Qué significaron sus lecturas?

Esas lecturas determinaron por entero mis ganas de ponerme a escribir un libro de estas características. El impulso no lo dio la infancia, ni lo dio la memoria, ni lo dio un estado de vocación personal. El impulso me lo dio leer esos otros «Me acuerdo»; esa forma de escritura es la que me atrajo.

Escribiste en muchos registros, pero esto es otra cosa, y si bien creo se ve claro el peso del pasado, su operación en el presente, como pasa en muchas de tus obras, acá no solo escribís corto, sino que el centro sos vos, hasta se muestran fotos de tu infancia. ¿Qué te llevó a escribirlo?  

Efectivamente, fue una escritura muy distinta para mí. Por eso, como dije, salió directamente de esas otras escrituras: la de Brainard, la de Perec; y no de mi propia vida. Y es cierto que el centro está en mis propios recuerdos, pero yo mismo, como sujeto, al ser la escritura tan despojada, quedo más bien mitigado, retirado. Incluso las fotos de mi infancia, en el contexto de esa escritura, creo que tienen el efecto de extrañeza antes que el de la identificación. Ese fui yo, eso no soy yo.

En el libro pareciera que los recuerdos funcionan como objetos, retazos de infancia, y que representan, citando otra vez a Perec, “fragmentos de lo cotidiano”. Es decir, son tus recuerdos, pero podrían ser los de Néstor Frenkel, Diego o alguno de los chicos del barrio. ¿Querías mostrar esto?

Buscaba lo que me parece que el formato del «Me acuerdo» habilita, a diferencia de otras formas del hacer memoria o de ciertas escrituras autobiográficas: aquí los recuerdos se exponen sin involucrarse uno mismo, sin involucrar las propias afecciones, la propia emotividad. Ese despojamiento es decisivo, porque es como si estuviesen los recuerdos de uno, pero sin uno. De ahí que funcione como funciona, por lo que me dicen, con las resonancias de recuerdos de los lectores.

Pensaba que los recuerdos que aparecen en el libro son recuerdos, imágenes, casi, diría, sin narrar. El olor de la plasticola y ya está. Pareciera que le dejas la narración al lector, ¿era la idea?

Exactamente. Se trata exactamente de eso. Contener la narración (que llevaría a la autobiografía), contener la propia afectividad (que llevaría a un hacer memoria); presentar los recuerdos como una colección o un catálogo que se ofrece simplemente a una mirada. No se trata de buscar al «autor» detrás de esos recuerdos, eso sería tan frustrante como inútil. Se trata de lo que pueda suscitarse en cada lector (y esto lo digo menos como autor de este «Me acuerdo», que como lector de aquellos otros, el de Brainard y el de Perec).

Me interesa cómo opera la memoria, los hilos, en tu caso parece un inventario de recuerdos, pero la sensación es la de un inventario de lo que se te viene a la cabeza en ese momento, un recuerdo lleva a otro, como si el orden estuviera dado por la inmediatez del pensamiento. ¿Cómo hiciste para ordenarlos?

Exactamente: un recuerdo lleva a otro. O podríamos decirlo también así: la escritura, el ritmo de listado que tiene la escritura, va trayendo un recuerdo, y después otro, y después otro. Como si los recuerdos pudiesen suceder incluso sin uno mismo, el que recuerda. Por ende, casi no hubo ordenamiento ni edición. Sino poner a funcionar la escritura, esa escritura.

Otra cosa que pensaba es que el libro capta muy bien el tono de la infancia, de descubrimiento y, sobre todo, de la inocencia de la infancia, uno cuando es chico no sabe lo que le espera, ¿no?

Esa sí fue una decisión previa, una intervención predeterminada sobre el texto: no ir más allá de la infancia, cortar a los doce años. Porque los recuerdos responden no solamente a la mirada retrospectiva; quedan definidos también por la manera de registrar que permiten que esas huellas queden. Y la manera de registrar que es propia de la infancia me interesa especialmente.

Y una infancia que se vive en una década oscura, si bien hay alguna referencia, elegís no narrar esos hechos directamente, sino lateralmente, es decir, se siente el peso de lo no dicho, esa ausencia está presente en ciertos recuerdos.

Es que en el registro de la infancia no existía ese grado de comprensión que uno sólo adquiriría después, más de grande o ya de adulto. Entonces esos hechos quedan registrados en ese entrever, ese entender a medias, esa forma de la intimidación que funciona entre lo que se alcanza a entender y lo que no se alcanza a entender. En una narración de la memoria, el propio relato no haría sino dar sentido a eso que pasó. En un formato como el de «Me acuerdo», se consigna el recuerdo y punto.

Otro tema que aparece es el de la religión, la discriminación o el prejuicio infantil hacia el judaísmo y como todo puede impactar en un chico de diez, doce años. ¿Es algo que te afectó?

A esa edad, no creo que demasiado. Hay más marcas en el «Me acuerdo» que las que creo que puede haber en mí mismo (en mí mismo, según creo, están mucho más diluidas). Y eso porque este libro no es una proyección directa de mí.

Le dedicás el libro a tu hermana y el tiempo recordado, justamente, remite a la familia, a los padres, abuelos y tíos que guían con sus contradicciones a cuestas. ¿Qué representa la familia para vos?

La familia son las personas a las que puedo querer, y quiero, sin que importe cómo son, qué hacen o qué no hacen, cómo piensan o no piensan, cómo se comportan. Los otros afectos, en cambio (el amor, la amistad, el compañerismo), están sujetos a esa clase de condiciones.

Una última. Contás que en séptimo grado le pediste a tus viejos que te compraran un equipo Adidas, pero ellos te compraron un equipo Topper. ¿De ahí viene el amor por Adidas?

¡Habría que conversarlo en análisis!

Foto: Cortesía Ediciones Godot (@edicionesgodot)

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