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FABIÁN CASAS: «No existe esa cosa de que si sos sofisticado no podés ser popular y si sos popular no podés ser sofisticado»

“Son las seis de la tarde y ya se pone oscuro. 
Estoy tirado en mi pieza escuchando Abbey Road”

Ocio

Hace cuatro años que Fabián Casas da talleres, el único género que le faltaba después de hacer poesía, cuento, novela, ensayo, teatro, guiones, radio y tanta cosas más. Y en todo lo que hace, en todos los registros que trabaja, aparece la música, incluso en los talleres (“en el taller hablamos mucho más de música que de literatura”, dirá), porque la música atraviesa su obra, más allá de las referencias, se siente. Lean si no Casa con diez pinos, uno de los grandes cuentos de Los lemmings, que termina funcionando como una, como la, canción de Manal.   

Su último libro, Últimos poemas en Prozac (Emecé, 2019), con el que volvió después de más de diez años a la poesía, y que se puede leer como una novela en verso sobre la separación, sobre el derrumbe a la Guebel, tiene también homenajes a varios artistas que lo formaron o que lo cautivan. Por ahí desfilan sus admiradísimos Beatles, pero también están The Who, Perales, Leonard Cohen, Serrat, New Order. A Casas, como a Pappo, no le interesa la prolijidad, sino que se privilegie la música que se escucha.

Para los que nacimos a mitad de los ochenta, crecimos escuchando su voz, porque acá, en estas rutas argentinas, Casas –en esto se parece a los fabulosos cuatro– suena en todas partes.

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¿De dónde viene esa influencia musical que cruza tu obra? 

Supongo que debe ser porque escucho música de chiquito, en mi casa escuchaban música siempre, no es una casa de melómanos, pero mi viejo escuchaba música en un combinado, que es un objeto hermoso. Los combinados abrías y tenían bebidas y abajo como una especie de pantalla de donde salía la música y arriba tenía para poner la radio, y ahí, al principio, escuchaba las canciones que escuchaba mi mamá: Leonardo Fabio, Julio Iglesias, Sandro, Nicola de Bari. Y los sigo escuchando, los tengo en mi casa. Es música que me gusta mucho. Después cuando empecé a crecer empecé a escuchar a los Beatles, en realidad, ya siendo muy chiquito, porque tenía un amiguito que era fanático. Creo que ahí tomé cierta conciencia de la música, que era parte de una actitud o una postura, pensá que estábamos en el medio de la dictadura, imagínate, ahí escuché Cantata de puentes amarillos, Artaud de Spinetta, que tenía el disco. Eso me rompió la cabeza. Escuchaba también Manal y Sui Gineres, después vino Serú Girán. Pero yo soy muy fan de Spinetta. Con mi hermano Juan comprábamos muchos discos importados, no sé, Bob Dylan, Deep Purple. Íbamos a una galería que no me acuerdo cómo se llamaba y ahí llegaban todos. Me acuerdo que compramos Humple Pie de Frampton, que era medio pesado. El otro día justo estaba con Calamaro, en su casa, y él tiene ese disco doble de Frampton que tuve mucho tiempo. Es un Frampton súper pesado, distinto a lo que se conoce. Peter Hammill también escuchábamos, Van der Graff, Jethro Trull, la música progresiva. Escuchábamos todo. Teníamos como una avidez por que nos entrara todo. Y después me hice muy, muy fanático de Frank Zappa, tengo todos los discos en casa, son un montón, y de Joni Mitchell, que también me gusta mucho.

Ya que los nombraste, me acuerdo de que Ocio abre y cierra con Abbey Road, en tus ensayos están, en los poemas en Prozac también, en casi toda tu obra hay alguna referencia a los Beatles. ¿Qué significan para vos?

Para mí los Beatles es el concepto perfecto de que puede existir lo popular y lo sofisticado junto, lo que pretendía Walter Benjamin. Ahí tenés una banda súper popular, en todo sentido, que también era muy sofisticada. No existe esa cosa de que si sos sofisticado no podés ser popular y si sos popular no podés ser sofisticado. Me parece que los Beatles rompen con esa especie de dicotomía media ortodoxa de la derecha, para mí lo popular puede ser muy sofisticado también. Pensá que los discos sofisticados de ellos, Sgt. Pepper’s, Abbey Road, son discos que ha tocado y escuchado todo el mundo. Something, la canción de Harrison, que para mí es un genio, debe ser la canción más versionada del mundo. Strawberry fields forever tiene unos compases que la gente que sabe de música, que ha estudiado, dice que son compases muy complejos, un puente rítmico en el medio. Ya antes de Yesterday, en una de los discos de las películas, no me acuerdo cuál, tienen Things we said today, que es una canción increíble, y es muy compleja como está construida, es de Paul y creo que prefigura lo que van a hacer los Beatles después. Es la época previa a Help!, que ya tenían cosas muy buenas. 

El otro día leí una teoría en twitter que decía que en realidad los Beatles se separaron cuando John Lennon se dio cuenta de que estaba perdiendo la “guerra” de las canciones.

Bueno, me parece que la banda empezó siendo de John, digo, la formó él, y lo que pasa es que Paul después era el que más le interesaba construir sobre la banda. Me da la impresión. Es el que trabaja la estética de Sgt. Pepper´s, la idea de inventarse un nombre para que no sean ellos, liberarse de ser los Beatles y armar todo eso lo hace Paul. Pero yo creo que se separan porque todo el mundo se separa. Tarde o temprano. Tenés un desgaste, es una banda de diez años, no sé si más porque empezaron en Hamburgo antes. Pero diez años sacando discos, empiezan con los ‘60 y terminan con los ‘70. Hacen lo que se considera el estilo tardío, hay un libro hermoso de Edward Said que habla del estilo tardío. Él dice que algunos escritores y compositores en el último momento de su vida producen lo más radical. Contra lo que se supone, y creo que los Beatles, como banda, hacen uno de sus grandes discos en el final, que es Abbey Road, porque Let it be es anterior, sale después, pero es anterior. Abbey Road es el último que graban y hacen esa especie de Lado B donde trabajan de vuelta los dos juntos, John y Paul. La rompen.    

En Técnicas, uno de tus últimos poemas, decís que la decisión de Pete Townshend de usar sintetizadores al principio de Baba O´Riley fue la decisión de un poeta fuerte, trayéndolo al país, ¿quién te parece un poeta fuerte y por qué? 

Eso viene de Leónidas Lamborghini, lo de Townshed lo hizo todo el tiempo. Él determina qué cosa es poesía, que antes de él no era poesía. No trabaja tópicos poéticos. Por ejemplo, Pizarnik, que es muy buena, vos leías Pizarnik y, de alguna manera, entendías que eso formaba parte de lo que se considera la retórica de lo poético. “Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco…”, si se lo leo a alguien que no lee poesía o que no está acostumbrado a la poesía, me dice “sí, eso es poesía”. Pero si yo te leo “un huevo frito para mí, un huevo frito para vos” o “la casita del mal tiempo, la casita del buen tiempo”, la verdad que van a pensar que no, en ese sentido, me parece que Leónidas es un tipo que determina que esto que no era poesía ahora es poesía porque él lo decide. Se emancipa, lo mismo que hace William Carlos Williams, Elliot, Blatt, casi todos los grandes poetas. 

¿Y en qué músico nacional ves un poeta fuerte?

En Luis lo veo todo el tiempo. Me parece un tipo que trabajaba siempre en contra de las modas. Vos pensá que cuando hace el recital de las bandas eternas lo hace porque le quería vender una guitarra a un tipo, que termina siendo su productor, porque no tenía guita. Luis, a pesar de ser un músico descomunal por mucho tiempo, tenía que vender su guitarra para subsistir. Y el tipo ahí le dice “¿por qué no hacés un recital?”. Ese es el germen de las bandas eternas. Toda su vida tuvo problemas de guita porque era un tipo que iba en contra de la corriente. Era Spinetta, hacía lo que quería. Trabajaba en contra de la retórica del rock, de la música comercial, claramente. Me parece que es un músico con mucha potencia. Lo que pasa es que le tocó vivir en la periferia, no en el centro del mundo donde se producen los gustos globales. Por ejemplo, si Houellebecq, que es un buen escritor, viviera acá, le apagarían todos los puchos en la cabeza, no le daría bola nadie, pero como está en Francia, y Francia es el centro del mundo, se generó toda esa cosa que tiene mucha repercusión. Si Gustavo Ferreyra viviera en Francia o Inglaterra acá estarían todos diciendo “qué genio Gustavo Ferreyra”. Esa cosa sigue estando, que es algo que identificó bien Gombrowicz. Bolaño es chileno pero su repercusión la consigue yendo a España y publicando allá, que es un auge importante también, como pasó con el boom, que nació allá. Saer tuvo que dar clases hasta el final en la universidad para mantenerse, él no quería dar clases porque no disfrutaba, pero lo tuvo que hacer y eso le generaba rencor. Era un escritor descomunal pero no funcionaba lo que hacía, salvo para un grupo chico de gente, un séquito. Sus contracaras podrían ser Alain Robbe-Grillet o Nathalie Sarraute, que creo que Saer le toma mucho porque la traduce, supongo que ellos tuvieron mucha más repercusión porque escriben en Francia. Borges fue de los pocos que tuvo repercusión acá y la irradió hacia afuera. Pero también porque en algún momento lo llevaron a Francia o lo tradujeron en Inglaterra, porque lo que él escribe funcionaba muy bien para el inglés. 

Hablando de Inglaterra, otro poema de los últimos que está asociado con la música es el que escribís sobre New Order y me interesa porque llevas a la práctica algo que soles decir que es que hay que buscar convertir el dolor en aventura.   

Es que lo que hizo New Order fue básicamente no embalsamar a Curtis, no tocaron las mismas canciones y convirtieron el dolor en aventura. Algo que fue muy doloroso lo transformaron. Siguieron adelante con otro nombre y la rompieron igual con otro tipo de música. Porque después de la muerte de Curtis, todo lo que tenía Joy Division, ya el nombre, ¿no? Joy Division es un nombre oscurísimo, era el lugar donde los nazis tenían sexo con las minas, donde se divertían, era un lugar horrible, y si bien la banda era muy potente, estaba signada por la tragedia. Y con New Order se corren de eso y hacen el nuevo orden. El poema habla de eso. 

Últimos poemas en prozac (2019)

Tenés muy buena relación con bandas indie jóvenes, pienso en Él mató…, en 107 faunos, en Mi amigo invencible. ¿Qué te atrae de ese tipo de música?

Me gusta la música que hacen, la frescura que tienen, una actitud anti-star. Es una generación que no le gusta el divismo y ellos son así hace años, Él mató… tiene muchos años, más de veinte. Pero tengo muchos amigos del rock, Ariel Minimal es muy amigo, los Babasónicos, soy muy amigo de Adrián, soy amigo de Andrés Calamaro, de Flopa. Los conozco porque mi mejor amigo se llama Alejandro Lingenti, que es un periodista de música y de cine, y él conocía gente y los fui conociendo. Por diferentes motivos, Calamaro porque una vez me escribió, me mandó un libro y ahí empezamos a tener amistad, me acuerdo de que estuvimos escribiéndonos un año sin vernos. A veces te pasa que te escribís con gente y después la conoces.

¿Tenés alguna experiencia musical que haya sido un antes y un después?

Me acuerdo que me impactó mucho, cuando volví de viajar por el Amazonas en el ‘88, ver a Los Redondos, que es una banda que no escucho ahora, no me gustan. Pero en ese momento los vi en un teatro chico que se llamaba Bambalinas, cuando ya habían sacado Gulp! y estaban por sacar Oktubre, si no me equivoco. Ellos ya empezaban a tener nombre. Y me acuerdo que vi ese recital y sentí que estaba viendo algo extraordinario, algo muy raro, muy bueno, muy atávico.  

Al principio hablaste de Artaud, y pensaba en esos discos conceptuales que tienen como referencia una obra literaria, el último del Indio tiene mucho de Wilde, el que tiene Springsteen sobre Steinbeck, pero me da la sensación que se da mucho más de la música hacia la literatura que al revés, ¿no?

Sí, puede ser, es verdad. Me parece que es como decís, no recuerdo escritores que hayan tomado un disco y lo hayan hecho libro. Puede pasar sí que aparezcan canciones en los libros, como me dijiste en Ocio, que leen y escuchan música, los Beatles, Zeppelin, que es lo que hacíamos en mi barrio. Escuchábamos Zeppelin en la vereda. Pero la verdad es que la operación al revés no se da mucho. No sé por qué será. Hay un libro de Joan Didion que se llama el Álbum blanco, pero es de ensayos, no de hacer ficción a través de un disco. 

Si tuvieras que elegir una banda en actividad de afuera y de acá, ¿con cuáles te quedas?

La banda que más me gusta, que me impacta mucho, son los Pixies. Me parecen extraordinarios, y otra, que es más retro, son los Artic Monkeys. Son bandas que iría a ver. Y cuando tocaron en Argentina las fui a ver siempre. Y de acá es difícil, me gustan muchas bandas. No tengo una. Por ejemplo, el otro día lo vi a Andrés con su banda, la verdad que tiene una voz, un sonido, espectacular. Un recital de dos horas, impecable. 

Con todo lo que hablamos ya podemos armar una playlist. ¿Alguna otra canción para sumar antes de terminar?

Me gusta una canción que ocupa en Nirvana lo mismo que la canción Things we said today en la discografía de los Beatles. Se llama About a girl y está en el primer disco, Bleach, que es un disco muy de hardcore y de golpe tiene un tema beatle. La letra es hermosa y cumple la misma función que la que te digo porque prefigura la música que va a hacer Nirvana después, esa cosa de puente, anticipatoria. Es hermosa.

Foto: Guadalupe Gaona

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