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El amigo de Sigrid Nunez

Hay novelas que trascienden el género, que en su mixtura lo superan, que contienen dentro otros géneros (ensayo, crítica, poesía, lo que quieran). Pero ¿es así? Reformulo, pido perdón, me pregunto: ¿qué no entra en una novela? Como diría Tomatis, hay un solo género literario y ese es la novela, ¿no? Digamos entonces que El amigo, de Sigrid Nunez, es una novela esponja, ¿por qué esponja? Porque absorbe lo que toca. Y es una novela esponja que le habla al amigo, al humano primero, al canino después. 

El amigo cuenta la historia de una escritora neoyorquina a la que se le muere su mejor amigo, un escritor cínico y polemista, un ex profesor universitario, un mujeriego insaciable, un compañero inolvidable, bah. La cuestión es que el tipo se suicida, no se nos dice cómo, y le deja de regalo a su amiga, a su aprendiz, a Apollo, “el gigante amable”, un gran danés enorme, viejo y triste. A partir de esa simple premisa Nunez reflexiona acerca de cómo atravesar un duelo. ¿Cómo? A través de la lectura y los amigos. «La pregunta que cualquier novela está tratando realmente de responder es si merece la pena vivir la vida», dice la cita de Baker del comienzo. La respuesta de esta novela: sí. Siguiente pregunta.

En la novela los humanos son innominados, pero los animales no. El perro es Apollo y Apollo hay uno solo. Mi nombre es mi nombre diría Marlo en The Wire. ¿Por qué los animales tienen nombre? Porque, como dicen los aborígenes, hacen humana a la gente, porque pueden ser más humanos que los hombres. Mientras que la inhumanidad, en cambio, es cosa nuestra.

A medida que pasan los capítulos el tamaño de Apollo se agranda, su figura empieza a comerse páginas. Tan importante empieza a ser en la vida de la narradora que evita las cartas de la administración notificándole que no puede tener un perro en el edificio. Lee la primera. No la contesta. Le llega otra. No la contesta. Hasta que le llega una tercera con un ultimátum de desalojo. Entonces decide conseguir un certificado de acompañante emocional flojo de papeles para que la administración permita que Apollo se quede. Y lo consigue.

Antes se cuenta como en los primeros días de convivencia, la narradora, hundida en la depresión por la falta de su amigo, se pone a leerle en voz alta a Apollo, hundido en la depresión por la falta de su amigo, las cartas a un joven poeta de Rilke. Apollo, que nunca parecía disfrutar de nada, de repente, la escucha y disfruta, parece hacérsele una sonrisa en la boca, se acurruca en los pies de la narradora y algo en él se apacigua. Ese es el quiebre en la relación, a partir de la lectura empiezan a entenderse, a encariñarse. «¿Qué somos, Apollo y yo, sino dos soledades que se protegen, se tocan mutuamente y se saludan?», se pregunta. Piensa que quizá Apollo comprenda que cuando ella no se siente demasiado bien, lo mejor que puede hacer es perderse en un libro, e imagina a Apollo llevándole uno como un San Bernardo que llega atravesando la nieve con un barril de brandi. Apollo, el salvador.

Salvador, gigante, pero no invencible, a él también le pasa el tiempo y es como si su envejecimiento se acelerara, la narradora lo ve en sus pelos grises, en los ojos rojizos, en la rigidez en que camina, en cómo a veces le lleva dos intentos ponerse de pie, y eso le duele. Cae en la cuenta de que un duelo lleva a otro duelo y se angustia. Algo que dialoga con lo que dice el personaje de Joan, la solterona de la otra gran novela que sacó Anagrama este año: La única historia, de Julian Barnes. Joan le dice a Paul, el protagonista, que nunca tenga perros porque todos se mueren y llega un momento en que no sabes si tener otro. O se muere el dueño y el perro se muere de pena o se muere el perro y es el dueño el que muere de pena.  «Lo que echamos en falta -lo que perdemos y lo que lloramos-, ¿no es eso lo que nos hace quienes, en lo más profundo, somos de verdad?», dice la narradora de El amigo. Respuesta: es eso. No más preguntas.

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