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«Arroyo», de Susana Pampín

  1. Los quistes psíquicos 

Día uno, miércoles 

Me levanté muy temprano, salí de la ciudad casi en silencio. Tomé un taxi hasta un tren hasta una lancha hasta acá: el muelle Éxtasis en el arroyo Espera. “Éxtasis, como la droga”, me dice Graciela, la maestra a quien le alquilo la casa, mientras sostiene la puerta mosquitero para que yo entre. “Con la plata de tu alquiler vamos a techar la galería”. Me da mil indicaciones (el gas, el motor, la crecida, la lluvia, la llave, la basura) y, por fin, se va. “¡Que sea un éxtasis, Gaby!”, me dice con una carcajada, ya subiéndose a la colectiva. Todavía se escucha el motor alejándose y yo empujo la mesa contra la pared, arrincono un par de sillas, desarmo las cajas, meto las provisiones frescas en la heladera y ya. Me viene un cansancio producto del madrugón y del viaje. Un chapuzón antes de que el sol se vaya arriba de todo y me obligue a meterme en la casa. El agua casi fría me despabila, no puedo evitar una exclamación al volver a la superficie. Me asusta mi propia voz resonando en el silencio contra el espejo del agua. Respiro en el río. 

Necesito bajar a lo más básico, buscar las obsesiones fuera de mí. Me propongo estudiar los movimientos del río. A las diez, a mi llegada, el agua apenas tapaba el octavo escalón del muelle. Ahora bajó más, dejando destapado el noveno. Sigue corriendo hacia la izquierda, al sur. 

La que va a ser mi casa durante estas semanas es un palafito en su mínima expresión, de construcción reciente. Sobre la orilla este del Espera, un prisma de paredes de ladrillo montado sobre una estructura de troncos. Tiene una puerta que corre hacia delante y una ventana en cada uno de sus lados. Está revocada y pintada de blanco muy recientemente; en la galería de madera que da al río hay manchas de pintura que parecen de ayer. Adentro, en el único ambiente rectangular, una cocina comedor del lado de la puerta que da a la galería; del otro, dos camas marineras y otra de plaza y media, antigua. La casa y la galería están orientadas hacia el oeste. Sospecho que mañana amanecerá del lado de las camas. El baño queda afuera, a la vuelta. “Cuando hagamos la pieza, conectamos las dos cosas”, había dicho Graciela. El espacio podría ser escueto, monjil, si no fuera por el hule plástico que cubre la mesa con un abigarrado y brilloso motivo en el que se entrelazan uvas, manzanas, frutillas, higos, bananas y algo que podría ser tanto duraznos como damascos, porque todas las frutas tienen el mismo tamaño. El hule tiene olor a hule; es nuevo y está limpio. Las paredes y el cielo raso de machimbre de pino barnizado también son nuevos. Las camas, las colchas y algunas sillas y objetos de la cocina son viejos, con varias vidas encima. Heredados o descartados del uso diario por la llegada de otros nuevos, vinieron a terminar acá. El contraste entre lo nuevo y lo viejo es un poco chirriante. Oculto objetos, despejo superficies. 

Son más de las seis y está todo nublado, viene una tormenta que me va a curar de espanto. En Buenos Aires las tormentas me dan miedo. Siempre necesité un cuerpo en el que protegerme. El del padre, primero, y después, los demás. Veo, en este aislamiento buscado, un gesto de desafío. El río tapa el séptimo escalón y vuelve a cambiar de dirección. Un jardinero invisible, oculto detrás de los setos, corta el pasto de enfrente. El ruido es tremendo, entro al prisma. 

Día dos 

No llovió y se levantó el alerta meteorológico. Le encargo bidones de agua potable a Luis, el lanchero de la Interisleña que me trajo a la ida. Los isleños se los dan vacíos a los marineros, que los llenan con agua corriente de la canilla del puerto y los reparten en el recorrido de la tarde o del día siguiente. Los de acá les dan unos pesos y les sale más barato que comprar agua en la lancha almacén. Con razón esa instalación de gigantes racimos celestes de botellones atados a la borda de las plataformas de la terminal. 

Hace calor. Mucho. En tierra reduzco mis movimientos a lo necesario, y los suelto en el río. No es una decisión; no de manera consciente, al menos. Es el cuerpo el que decide. Ando desnuda como un animal. Llevo un suceder así: duermo con la puerta abierta y no me da miedo. Me despierto, arreglo la casa, busco flores silvestres y ramas en los alrededores y armo un florero en un vaso. Todo el tiempo voy al río, nado un poco y vuelvo. 

Esta mañana el río tenía corriente pronunciada y era bueno luchar ahí. Todavía no siento el cuerpo del todo, sin embargo, y menos la voz. La Bethania canta “Fuiste lo que tenías que ser” y la voz se entrega pero duele. 

A veces, yo también canto un poco, pero es demasiado esfuerzo ante tanta realidad, y además al cantar me viene a la mente su cara, su rostro cantando, el ángulo íntimo de las comisuras de su boca abierta en las vocales alargadas. Sé que si la sigo, a la imagen, si me dejo llevar, va a desembocar en la ensoñación o el dolor, y todo esto es tan cierto que no lo quiero cambiar por ninguna otra cosa, así que prefiero dejar de cantar. 

Reduzco más mis consumos. Como poco. Tomo el mate hasta que el agua se enfría del todo. Chupo una naranja y mastico el hollejo con ganas, después. Hago pis todo el tiempo. Sigo bajando hasta mí, volviendo a la orilla; la respiración también está más cerca. 

Los eventos del día: nadé seis veces desde este muelle hasta el del vecino del sur, con el que la maestra de acá está peleada, quién sabe por qué. Aunque ahí no había nadie, cada vez que llegaba tenía miedo y volvía rápido. Trajeron unos caballos a lo de Nicolasa, la casa amarilla del recodo del río. Uno marrón rojizo y otro negro, se acercaron a la orilla a beber y no se alejaron de ahí. Vi el primer colibrí, uno verde azulado, suspendido frente a esas flores violetas que tienen un centro rojo como fuera de foco. Saqué el kayak: 17 ahí también es muy importante el cuerpo, hay que ponerlo –como el sonido de la palabra, como su caligrafía– cortante, constante, derecho. Eso también me gusta. Pasó Luis, el lanchero, y me invitó a ir mañana hasta el Paraná de las Palmas. El río bajó más todavía; llegó casi hasta el último escalón, el once, después empezó a subir. Chet Baker cantó: I fall in love too easily / I fall in love too fast / I fall in love so terribly hard / For love do ever last, o algo así. 

Hay luna casi llena. Sobre el agua, su reflejo se va con el río y vuelve en dos o tres respiraciones cortadas. Cuando el río se calma, la luna se calma también: se recuesta sobre la superficie del agua y no se separa de su imagen. A través del vidrio de la ventana se ve doble, como si tuviera eco.

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