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Fortuna, la construcción de un mito

FORTUNA_HERNAN_DIAZ

Lo primero que habría que decir es que el idioma originario de esta novela portentosa es el inglés y su título es diferente: “Trust”, que en inglés tiene dos acepciones, por un lado, la más conocida: confianza, seguridad; por el otro, la menos conocida –aunque en estos tiempos plagados de financistas ya no tanto–, que hace alusión a un acuerdo financiero. Ese juego lingüístico entre esperanza y dinero –sinónimos para los protagonistas–, tan central en la novela, se pierde en la traducción española, que eligió titularla “Fortuna”, una palabra que también permite un doble juego, quiero decir, fortuna puede ser suerte o riqueza. No es lo mismo.

Algo más. Si bien Fortuna fue escrita en inglés, Hernán Díaz, su autor, es argentino. Su nombre, idéntico a aquel lateral aguerrido de River Plate, lo condena. Es cierto que se fue muy joven a Suecia y después volvió, también joven, al país para irse a finales de los noventa a Estados Unidos y radicarse allá, en donde da clases en Columbia y escribió sus dos novelas, ambas, por temática, tono y estructura, profundamente norteamericanas. Es que Díaz es, sin dudas, un escritor norteamericano, así como lo fue Conrad cuando pasó a escribir del polaco (una literatura de los márgenes, como la nuestra) al inglés o Nabokov del ruso al inglés; o, a la inversa, Beckett cuando se pasó del inglés al francés. Escribir en otro idioma es una manera de emanciparse, de no contaminarse, Díaz, como los que lo antecedieron, entendió desde A lo lejos, su primera –y suprema– novela, que cuando se escribe hay que ser un extranjero, eso da la libertad para abordar la literatura de un país con una mirada que no se encuentra obturada por su lenguaje, que es su historia. Es que Díaz es, en esencia, un escritor extranjero.

Ahora sí, hablemos de ese rompecabezas de novela llamada en español Fortuna. La novela está compuesta de cuatro partes, o mejor, cuatro libros: Obligaciones, Mi vida, Recuerdos de unas memorias y Futuros; es decir, una novela –que, no casualmente, también tiene cuatro partes–, un manuscrito (una autobiografía inacabada), unas memorias y un diario. Pero la novela entera orbita sobre la novela ficticia, escrita por un tal Harold Vanner, que se lee en la primera parte. Hay que decir que las tres partes que le siguen le dan otro sentido a esa primera parte; cada parte da su versión de los hechos narrados en Obligaciones. Ficción y realidad –¿se puede alcanzar la verdad?, esa es una de las preguntas que se hace la novela– se confunden todo el tiempo. Nada, nunca, es lo que parece. Una complicación: las cuatro partes tienen cuatro voces distintas, dos hombres para las dos primeras partes (un escritor que escribe en tercera, un narrador que dicta y corrige, pero no escribe), dos mujeres para las últimas dos partes (una escritora que escribe en primera, una diarista que, también, inevitablemente, escribe en primera).

Lo de las cuatro voces viene, justamente, a romper esa confianza, ese acuerdo que declama el título en inglés. No se puede confiar en ningún narrador, todos son, como se enseña en talleres literarios: poco fiables. Un ejemplo clásico: El gran Gatsby (novela con la que Fortuna comparte década narrada) empieza con Nick Carraway contando la enseñanza de su padre cuando él era joven y vulnerable, parafraseando: “siempre que tengas ganas de criticar a alguien, pensá que no todos tuvieron las facilidades que tuviste vos”. ¿Qué hace Nick durante toda la novela? Lo contrario a lo que le enseñó al padre. Moraleja: no hay que confiar en los narradores, cualquiera de ellos.

Obligaciones cuenta la historia de Benjamin Rask, su ascenso de heredero millonario de la industria tabacalera a gran magnate financiero (de la industria al individuo) en los comienzos del siglo XX, especialmente en la década del veinte en Nueva York, que se rompe con el crack del ´29, del que el protagonista tuvo mucho que ver. Rask es un tipo solitario, un Gatsby a la inversa –mucho más parecido a Nick que a Gatsby salvo por el dinero–, que se casa con Helen Brevoort, de familia aristocrática venida a menos, y juntos se complementan; a fin de cuentas, son dos antisociales que comparten soledad. La cuestión es que desde su unión Rask agranda cada vez más su imperio, y mientras él gana más y más dinero ella pierde más y más su cabeza. No digo más.

O sí. Esos protagonistas de la primera parte están basados, con mayor o menor veracidad (eso queda en manos del lector), en los verdaderos protagonistas de esta historia: Andrew Bevel, magnate financiero, y Mildred Howland, su esposa filántropa, que tuvo una vida corta y una muerte misteriosa. Sí, en Fortuna los personajes crean personajes. Es, justamente, sobre el matrimonio Bevel por el que girarán las otras tres partes del libro, siempre contrastándose con la novela de la primera parte. Para agregarle más complejidad, en la tercera parte, la más extensa, aparece el personaje de Ida Partenza, una escritora italoamericana obsesionada con la historia de los Bevel y, sobre todo, la figura fantasmagórica de Mildred, cuyos rastros perseguirá como un detective persigue un crimen en un policial (la intriga misma pasa a estar en el centro del relato). Díaz, conocedor del género policial, construye la trama sobre las huellas vacías de lo real, eso hace: trabaja la realidad como huella.

Fotografía: Johanna Margella

Está claro que el gran tema de Fortuna es el dinero, cómo se hace y lo que hace con las personas. No es casualidad que el autor haya elegido la década del ´20, cuando el capital –y el exceso de dinero– empezó a tomar la forma del capitalismo financiero y arrasador que conocemos hoy, un capitalismo que para los norteamericanos lleva su copyright. Díaz narra eso desde adentro, y a pesar de los tecnicismos propios de las finanzas, que abundan, esa semántica no obstruye, por el contrario, la historia la trasciende –algo similar pasa en la serie Succession; otro parecido es el de Andrew Bevel con Logan Roy, con una diferencia sustancial: el talón de Aquiles del último son sus hijos, los herederos, el futuro; el del primero es su mujer, el pasado–. ¿Qué es el dinero?, se pregunta el padre de Ida –entrañable personaje secundario– en un momento. Su respuesta: “El dinero es una ficción, bienes de consumo en forma de pura fantasía”. Y concluye que si el dinero es una ficción –la gran ficción podríamos agregar–, el capital financiero es la ficción de una ficción, como Fortuna. Digo, lo que hace el dinero con el consumidor es lo que hace la novela con el lector: comercia una ficción.

Y la ficción distorsiona una realidad. Justamente, otro tema que la novela se encarga de mostrar es que, en esa época, más que nada en ese rubro, las mujeres fueron históricamente borradas. Todas las narrativas sobre dinero son contadas por hombres, por pro-hombres, como Bevel, adictos a su figura de self-made man (de Rockefeller a Murdoch, de Andrew Bevel a Logan Roy) y esto ya lo deberíamos saber: son narradores poco fiables. La mujer no podía ser parte de la historia, no se le permitía contar su historia, debía contentarse con un rol secundario complementado por un “de” (esposa de). Bevel no podía ser una excepción a esto, Mildred entonces tenía que ajustarse a su imagen. Así como en el género policial clásico las mujeres suelen ser las víctimas de un mundo salvaje que es solo para hombres, en las finanzas pasa algo parecido. Los que tienen el poder arman la historia, alinean la realidad, como diría Bevel, a su favor. Así es como los poderosos, esa narrativa masculina tan vanidosa (“Vanity, my favourite sin”, diría el diablo de Pacino), cuentan la historia, una historia en donde no hay lugar para las mujeres, ¿cómo podría?

A propósito del comienzo de El gran Gatsby, Bevel repite (aparece en todas las partes, dicho por Rask, por él mismo, por Ida y hasta por Mildred) una frase que funciona igual que la de Fitzgerald. La frase: el bien individual lleva al bien común. Bueno, no crean en todo lo que leen. Digo, con su multiplicidad de voces, de versiones, la novela profundiza sobre esa imposibilidad de alcanzar la verdad; a medida que avanzan las páginas uno se pregunta: ¿a quién creerle? Respuesta probable: a nadie.

Ya termino. Fortuna es una novela inteligente, calculada, llena de giros bien pensados hasta el final, que significa la historia. Algo interesante, otro gancho de Díaz, es escribir con una prosa que se amolda a las versiones de la historia, es decir, en función de ella; sobria y alejada en gran parte, nostálgica y sentimental cuando debe serlo.

Si A lo lejos estaba influenciada por Melville, Thoreau o London, Fortuna está claramente influenciada por James, Wharton y Fitzgerald. Díaz retoma aquellas propuestas de la vieja literatura y, al traerla a este tiempo, las profundiza. Está claro que se alimenta de esa literatura norteamericana, tiene sus marcas, sus hilos, pero en su escritura también se puede leer la tradición argentina: Sarmiento, Hudson, Borges, Aira o Piglia (el más norteamericano de los argentinos). Es que Díaz es también, no hay dudas, un escritor argentino. Podemos decir entonces que la gran novela norteamericana, al menos una de ellas, la escribió un argentino.    

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