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DOS LIBROS PARA CERRAR ESTE VERANO

Ya estamos en febrero, se va terminando el verano y el 2024 empieza a tomar forma, mala forma, por cierto. Pero para olvidarnos un poco de lo que hay ahí afuera, en Chelsea les compartimos dos libros (uno de ficción, otro de no ficción) que nos recomendó Manuel Álvarez.

La joven promesa (Bajo la luna, 2023), de Agustín Alzari.

Hay libros que, intencionalmente o no, se salen de la lógica (comercial, temática, temporal, lo que quieran) de una época, que parecen, de hecho, de otra época, como fuera de tiempo. Son libros escritos sin mirar a los costados, sino más bien hacia atrás, a lo que hubo y ya casi no hay. Me refiero a aquel viejo idioma de la literatura que buscaba, sobre todo, la evasión del lector. La joven promesa, grandísima novela de Agustín Alzari, es de esa clase de libros, una novela que pretende y consigue llevarnos a la aventura que el protagonista persigue, que nos transporta a sus escenas como si el lector fuera un pasajero más de ese transatlántico camino a Buenos Aires y Alzari el capitán.

La novela cuenta la historia de Severo Colautti, un prestigioso arquitecto italiano, la joven promesa del título, que a comienzos de 1950 acepta la propuesta del gobierno argentino para realizar un proyecto secreto que le permite escapar de Europa, de los fantasmas de la guerra que todavía acechan. Emprende entonces viaje en un transatlántico a Buenos Aires que, más que alejar los fantasmas del pasado (son dos y tienen nombre: Olga y Alyssa), los trae de vuelta, los revive.

El libro está dividido en dos capítulos. El primero, el más extenso, es arriba del barco, en la vastedad del océano, en donde Severo –el nombre es una descripción– se cruza con distintos personajes (el Capitán, una viuda, una pareja de portugueses), que, aunque busque evitar encerrándose en su camarote, terminan haciéndolo interlocutor de las historias de las que son protagonistas y las que no (como la del profesor francés). El segundo es ya en Argentina, primero en una Buenos Aires sorpresivamente europea para el arquitecto, luego en las altas cumbres cordobesas, en el cuadrante D16 en donde, contra todas las adversidades (tormentos climáticos y psicológicos), lleva a cabo la obra grandilocuente por la que el gobierno argentino –Alzari nunca lo nombra, no hace falta, todo el mundo sabe quién gobernaba– lo contrató. Ambos capítulos están cruzados por el pasado que persigue al protagonista, por los recuerdos (su infancia en Atenas, su juventud en Italia), en especial de dos personas que lo marcaron a fuego: Olga, su maternal institutriz, y Alyssa, su primer amor. 

“Todas las artes tienen una base literaria, fundida en su historia y su mito. La arquitectura no es una excepción”, escribe Aira en Los fantasmas, yAlzari parece tomar la posta. De hecho, construye la historia del arquitecto como si fuera una obra del propio Colautti –que, a su vez, opera como escritor–: con visión y paciencia, trabajando sobre el detalle. Uno lee La joven promesa y da la sensación de que el autor dice siempre lo justo, nada de más, sobre todo cuando va para atrás, cuando narra los cimientos del arquitecto: su infancia. “Lo queramos o no, los hombres siempre estamos volviendo a la infancia. Que haya sido un paraíso o un infierno lo mismo da, el hecho es que volvemos a ella”, le dice Colautti al Capitán en un diálogo imperdible. Dicho y hecho.

Es curioso que en la muy buena lectura que hace Quintín de la novela hable del influjo airiano, algo evidente desde el principio en la claridad de la prosa, en el tono y la distancia, y nombre a La confitería del gas por su comienzo y Un episodio en la vida del pintor viajero por su temática y no a Los fantasmas, en donde la arquitectura, como en La joven promesa, se emparenta a la literatura –más allá de la obra en construcción y los fantasmas, claro–. Quiero decir, esto que escribe Alzari cuando Olga deja entrar al pequeño Severo a la Iglesia Griega podría ser tranquilamente escrito por Aira: “Al traspasar el ancho umbral, el niño entendió el valor que tenían los sentidos en los recintos sagrados. El valor que tenían los cinco sentidos funcionando a la vez. La arquitectura se le revelaba en una dimensión múltiple, de la cual su cuerpo era a la vez instrumento y fin”. ¿Será la literatura?, se preguntaría el fantasma de Aira. Pero dejemos acá el paralelismo con Aira, similitudes y diferencias, porque si no corremos el riesgo de que su sola mención –una vez que se lo nombra contamina todo a su alrededor– haga que esto se convierta en una reflexión sobre su obra, y no lo es, al menos no intencionalmente.

De hecho, Alzari bebe de otras aguas, una muy transparente: la novela de aventuras de finales del siglo XIX, principios del XX, con Conrad y Stevenson como plumas visibles –bueno, ya estamos contaminados, digamos entonces: agua de la que Aira ha bebido en cantidad industrial–. A esas novelas me refería al principio, novelas que, más allá de la historia que cuentan, te permiten entrar sensorialmente en ella, que promueven un escape sin dejar de lado la internalidad de sus personajes (Colautti, el arquitecto aventurero, es un ejemplo de esto). La joven promesa se suscribe en esa tradición que tiene la función de la evasión de una realidad que nunca –y hoy más que nunca– es muy favorable.

La pizarra mágica (Vinilo editora, 2023), de Virginia Cosin.

Cuando uno es chico, la gracia de una pizarra mágica –ese juguete perdido en la infancia– es que podés dibujar o escribir lo que querés, después borrar con un solo movimiento y volver a empezar. La literatura –ese juguete que nunca se pierde–, más bien, su encanto, parece decirnos Virginia Cosin en su último libro, funciona de una manera similar. Y lo puede atestiguar, a fin de cuentas, la suya es una vida atravesada por el placer de la lectura.

La pizarra mágica es una autobiografía a través de los libros leídos de la autora, pero no cualquier autobiografía, sino una hecha de fragmentos, de empalmes de fragmentos, un patchwork. Pero no es solo eso, es algo más, porque en esos fragmentos se permite ensayar sobre temas que la obsesionan: los recuerdos, la memoria, la verdad (“Todo intento de decir la verdad es un acto fallido”, dirá), el suicidio y, sobre todo, la literatura (lectura y escritura). Entonces el libro pivotea entre la autobiografía y el ensayo a través del método Cosin: deriva e insistencia. Sí, la inestabilidad viene a hacerse sistema.

“Si recuerdo las circunstancias en las que estaba con un libro, eso es para mí la prueba de que fue decisivo. No necesariamente son los mejores ni los que me han influido: pero son los que han dejado una marca”, dice Piglia en sus diarios. Cosin recuerda varias circunstancias en la que estaba con un libro; de hecho, enumera escenas de lectura que se le vuelven imborrables: leyendo El ladrón en el centeno a los 15 años traducido como El cazador oculto; las lecturas de Puig en Valeria del Mar; el Chico raro leyéndole el comienzo hipnótico de La mayor y sus frases escandidas por comas; las novelas de Ursula K. Le Guin en Punta del Diablo; Lo que Maissie sabía en un cubículo trabajando de preceptora; o Anna Karenina en El Solar de la Abadía. Pero la autora cree que lo que verdaderamente deja huella son las sensaciones que los libros producen en el lector, esos que intervienen en nosotros, aunque no sepamos dónde ubicar la huella, o sí, como le sucede con los libros de Salinger (su hija, no por nada, se llama Franny). ¿Qué hace propia a una lectura? Su circunstancia, sí, pero también los efectos que produce. 

Cosin habla de libros, de métodos de lectura y escritura, de su taller de literatura, sugiere, pero no busca dar lecciones, ni consejos, solo compartir experiencias y, también, claro, creencias. Como esta: “Pienso en el territorio de lo que se escribe como en una zona fuera de la ley, desértica y salvaje, en donde se persigue alguna cosa, pero dejándose conducir, más que conduciendo. Como el forajido de las películas de cowboys, que escapa de la ley, pero a la vez, busca justicia. Hay algo de esa justicia en el trabajo de escribir”. Amén.

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