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Antonella Saldicco: “Escribir es un intento de ponerle nombre al espacio entre las cosas”

Foto: Catalina Bartolomé

Cuál es el pez que tiñe el mar (Concreto, 2021), primera novela de Antonella Saldicco, podría tranquilamente considerarse dentro de la última tradición japonesa, ese oleaje literario entre lo íntimo y lo extraño. Algo que se sostiene no solo en el espacio (Kyoto e Hiroshima), sino, especialmente, en la prosa, que actúa como la seda: suave, sutilmente.  

La novela narra un viaje, el de Clara, una joven actriz que gana una beca y se va a Japón, a Kyoto, a una residencia de un mes y que estando ahí, en ese país marciano, acompañada por residentes extranjeros, por lenguas disimiles, se da cuenta de que está perdida. Pero su desorientación no es tanto espacial, sino más bien personal, o mejor, sentimental, ya que en la distancia, perdida en Kyoto (el anagrama también es un guiño a la otra influencia: la cinematográfica), Clara asume lo distanciada que está de Juan, su novio ausente, evadido.   

Además de la veta artística, el viaje de Clara funciona sobre todo como un gran escape, una huida hacia otra parte, un lugar tranquilo, un intervalo necesario para darse aire y tomar una decisión que posterga una y otra vez, incluso cuando termina la residencia y se mueve a Hiroshima, dejándose así arrasar por los pensamientos, por los recuerdos de una relación endiablada, el monstruo que la habita. 

Saldicco narra con belleza japonesa la intimidad de Clara en el país oriental, una intimidad que le permite pensar de qué está hecha para empezar una reconstrucción que se cocina, como el pulpo de aquel cocinero español, a fuego lento. 

***

Arranquemos por el principio, ¿cómo nació la novela?

Sin el norte del proyecto, lo primero que escribí fue el final. Digo sin el norte, porque no me propuse previamente escribir una novela. Tampoco sé si es una decisión que se toma con anterioridad. Siempre escribí narrativa pero sin largo aliento. Entonces los materiales quedaban en ese híbrido de estructura inclasificable y morían en la memoria de mi computadora. Con “Cuál es el pez que tiñe el mar” crucé el umbral, volví al material durante casi tres años. Durante Abril del 2017 visité Japón. A la vuelta los recuerdos del viaje, esos paisajes, me rumiaron durante mucho tiempo en la cabeza. Sabía que quería hacer algo con eso. Escribía un pasaje, un capítulo de la novela, sin saber que las entradas que iba haciendo eran parte del mismo proyecto. No podía ver la columna vertebral. Después diagramé algo así como una escaleta. Y terminé escribiendo los capítulos “faltantes”. 

Clara se va a hacer una beca a Japón, un país extraterrestre para cualquier argentino, que inmediatamente se vuelve protagonista, el paisaje la capta. ¿Qué te dio Japón como escenario?

Me gustaba la idea de contraponer al personaje entre un presente ineludible, esto que vos destacas: Japón, a un paisaje más intangible: el de las ideas, los miedos, recuerdos, fantasías. Clara está en Japón físicamente (así como podría estar en cualquier ciudad), pero otra parte también está en Buenos Aires, en ese ex departamento, también en aquella casa de campo, a las afueras. Creo que escribir es un poco eso, un intento de ponerle nombre al espacio entre las cosas. Japón como escenario es esa distancia. No en la kilométrica, porque en este caso no hay algo así como dos puntos, ni un tiempo lineal. El personaje se entrega a un andar más irracional, sobre todo sin circunferencia, sin confín. 

Cada vez que Clara camina, ya sea por Kyoto o Hiroshima, observa a su alrededor con extrañeza, como si lo que ve, lo que vive, no fuera de este mundo, de su mundo. Parece que la mirada extraña la descoloca. ¿Creés que afuera uno se desdobla, o mejor, se corre de uno?

Quizás el funcionamiento de desdoblamiento del yo propio y del yo extraño en el afuera en un paisaje conocido no se percibe tan abismal. En este caso, me interesaba que el personaje transite un corrimiento irremediable. Por un lado, por la insistencia de un paisaje extranjero intrusivo, y por el otro, por esta fuerza fatídica en la que se convierte a veces el pasado.  

Algo interesante en la novela es la cruza de varios idiomas; en ese sentido, es una novela políglota: hay español, inglés, japonés, alemán. Es decir, la beca se narra y se siente (digo, la cruza es idiomática y sexual). ¿Buscabas esto?

La cruza idiomática en mi escritura es algo que aún, por mi experiencia de haber vivido en distintos países en momentos cruciales, como la infancia y la adolescencia, no puedo evitar. De todos modos, con este material tenía ganas de apoyarme en una voz narradora en español, profundizar ahí. A medida que avanzaba aparecían personajes que comparten residencia con la protagonista, una directora de teatro inglesa, una dramaturga alemana, en esos casos, me terminó resultando más genuino y lúdico otorgarles una narración en su lengua “materna”. Y si bien en la instancia de edición con Concreto Editorial hubo dudas alrededor de sí dejar un mapa de notas al pie para las y los lectores que no lean en inglés, finalmente desistimos. Me parece que ese enfrentamiento idiomático, o esa cruza, ayuda en la lectura de la novela a sentirnos perdidos en transición. 

Desde el principio Clara pretende evitar a Juan, aumentar la distancia kilométrica, que es tan física como sentimental. Ahora, si bien el escape es radical, en un sentido, parece que, por más lejos que esté, no tuviera escapatoria. El recuerdo de Juan vuelve como amenaza. ¿Se necesita una definición para dejar de escapar?

Probablemente. En este caso, me costó mucho, incluso desde la decisión en la trama, llegar a una definición. En la escena final, con el vaivén de las olas, al pie de esa isla, lo que se define ocurre en el campo de la escritura, los recuerdos de Clara empiezan a sintetizarse, vuelven pero con otra economía. Quizás, en este caso, la definición no aparece en la trama o en algo que hace el personaje, si no en la escritura. La escritura es la que se define, la que se despide de sí misma.

La novela también se puede leer como un diario de viaje, ¿lo pensaste así? ¿tuviste lecturas que te orientaron en ese sentido?

Creo que en la práctica de la escritura, con mucha suerte, les escritores hacemos algo así como una prueba de personalidad. Escribimos textos en primera persona, luego nos preguntamos cómo funcionaría una tercera y así. En mi caso, creo que la primera intuición fue la correcta. Venía queriendo evitar la primera persona, sobre todo por miedo a que se lea con la fantasía de la autorreferencialidad, o como entradas de diario. Por otro lado, es cierto que es un género que como lectora me interesa, algo del orden de la irrupción de lo real en la escritura, supongo que algo de eso estará haciendo sistema de alguna manera en la novela.  

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